Agadez, ciudad de la esperanza y de los sueños rotos

Agadez (Níger) – Agadez, a las puertas del Sáhara en el norte de Níger, es un cruce de caminos desde donde parten miles de migrantes con la esperanza de llegar a Libia y de allí a Europa, mientras otros regresan con los sueños rotos.

En 2016, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) vio a 335.000 migrantes dirigirse hacia el norte y registró unos 111.000 que llegaban a Agadez en sentido contrario. Son cifras parciales: la OIM solo contabiliza los migrantes que pasan por sus puntos de observación, sin pretender ser exhaustiva.

Se dirigen a Argelia o, en su gran mayoría, a Libia para trabajar a la espera de poder subirse a un barco con destino a Europa.

En mayo de 2015, Níger adoptó una ley muy severa que prohíbe el tráfico de indocumentados para intentar frenar el flujo, volviendo más difícil su periplo.

Con la mirada perdida, el rostro blanqueado por la arena y el cabello tieso por el polvo, Ibrahim Kande, un senegalés de 26 años, se baja de una camioneta cerca de la barrera al este de Agadez. Dejó Libia hace cuatro días para viajar a la ciudad nigerina, donde sopla un viento caliente.

«Estoy cansado, cansado, cansado. El Sáhara es duro: el agua y la comida escasean», cuenta este joven de Tambacunda, en el centro de Senegal.

La travesía del desierto lo dejó extenuado, pero Ibrahim lleva sobre sus espaldas el fracaso de su tentativa de migración clandestina y la violencia física y psicológica que padece desde hace meses.

«Éstas son todas mis pertenencias», dice, mostrando su ropa deportiva polvorienta. «Esta es mi mochila», agrega, mostrando su calzoncillo.

«Me van a matar»

«Yo quería ganar dinero para enviar a mi familia, pero es muy difícil», suspira Ibrahim, un costurero pobre cuyo viaje de regreso fue pagado por un hermano mayor.

«Estoy contento de haber regresado», suspira, tras haber permanecido dos meses en Libia, en Murzuk. Allí fue secuestrado por unas milicias locales que lo liberaron previo pago de un rescate. «Llaman a un pariente. Uno tiene que decirles: ‘envíame dinero o me van a matar'», cuenta.

Decenas de migrantes de Senegal, Gambia, Guinea Bisáu o Conakry, en Costa de Marfil, Ghana o Nigeria, relatan las mismas desventuras de trabajos forzados «como durante la esclavitud». A pesar de ello, miles de migrantes siguen llegando a Agadez para intentar viajar clandestinamente a Europa o creyendo que pueden hacer fortuna en Libia.

Baldé Abubakar Sidiki, un hombre de 35 años de Kindia, en Guinea, vendió «las tierras de la familia» por 17 millones de francos guineanos (1.700 euros). Su periplo terminó en una «cárcel» libia. Dice que lo torturaron pegándole «en la planta de los pies con palos o cables».

Pudo regresar a Agadez pero no piensa «volver a Guinea por la vergüenza de haber vendido las tierras». Espera otra oportunidad.

La travesía del desierto es dura y peligrosa, a bordo de una camioneta que transporta a entre 20 y 30 personas. Los migrantes, con las piernas hacia afuera, se agarran a unos palos atados a recipientes de agua o gasoil, abrigados de pies a cabeza con capuchas, gafas, guantes y cazadoras, para protegerse de la arena y el sol.

El trayecto de 750 kilómetros hacia Libia dura entre dos y tres días, con pausas de apenas algunos minutos para hacer sus necesidades. Los accidentes son frecuentes y es necesario evitar las patrullas del ejército y sobre todo los bandidos, que no vacilan en abandonar a migrantes y traficantes en pleno desierto.

Los accidentes y problemas mecánicos también pueden tener consecuencias funestas. Por los menos 44 migrantes, entre ellos bebés, fueron hallados muertos en pleno desierto a principios de junio. «Ese desierto está lleno de cadáveres de migrantes», deplora el ministro del Interior, Mohamed Bazum

«Dios decide»

«Hemos visto cuerpos enterrados. No hay más seguridad en el desierto», asegura Eric Manu, albañil ghanés de 36 años que regresa tras dos años en Libia.

A la espera de poder partir, los migrantes viven en guetos o refugios que pertenecen a los traficantes, lejos de la mirada y la represión de las autoridades, a menudo en los suburbios de Agadez.

Las condiciones son precarias: a menudo no hay agua corriente ni electricidad. Apenas un techo de chapa o una carpa, manteles en el suelo, una cacerola o una tetera.

«Si es necesario, esperaré un año», asegura Abdulaye Fanne, oriundo de un pueblo de Casamancia, en el sur de Senegal.

Este herrero ha perdido todo lo que había acumulado durante «más de 10 años», es decir, 400.000 francos CFA (unos 600 euros) para llegar a Agadez. Sin dinero, sin trabajo, espera fondos de sus familiares o hallar un empleo que le permita pagarse el viaje clandestino a Libia y Europa.

Sentados en el suelo en un gueto, con la mirada llena de esperanza, el hombre de 25 años proclama: «Amo a Francia. Quiero trabajar».

Tras padecer la rapacidad de aduaneros y gendarmes, dice ser consciente de que todavía le espera la parte más difícil: el desierto, Libia y sus bandas armadas, el Mediterráneo y sus naufragios.

«Nací en una familia pobre. Dios decide. Si muero por el camino, no es algo malo: habré intentado ayudar a mi familia. No tenemos solución. Escogí entre la vida y la muerte».

Por Patrick Fort