El frío descorazona a los migrantes para pasar a Francia por la montaña

Bardonecchia (Italia) – La mayoría nunca ha visto la nieve. Se han enfrentado al desierto, a la pesadilla libia y al Mediterráneo para llegar a Italia, desde donde tratan de pasar a Francia a través de la montaña, pero el frío y el viento los bloquean.

Hasta hace poco, el pueblo italiano de Bardonecchia acogía sobre todo a esquiadores, pero ahora también llegan migrantes a la estación de trenes. Y eso a pesar de los controles.

El cierre de la frontera en Ventimiglia, en la costa, hizo que los migrantes se decantasen por la montaña, con preferencia por la carretera del paso del Echelle, de 16 kilómetros de largo, que separa Bardonecchia de Névache, el primer pueblo francés del otro lado.

En verano, los controles policiales son constantes, pero en invierno la ruta está cerrada al tráfico y, a más de 1.700 metros de altitud, es arriesgado aventurarse.

«Hace varios meses que corren rumores entre los migrantes. Pero es extremadamente peligroso. Con estas llegadas aquí ¡es una tragedia diaria!», afirma indignada Silvia Massara, profesora del centro de secundaria de Oulx, en la aglomeración turinesa, que les presta ayuda.

Cada día, varios migrantes (a veces una docena) desembarcan en la estación con la esperanza de llegar a Francia. Los habitantes y los voluntarios de Rainbow for Africa, de Briser les Frontières o de la Cruz Roja se van relevando para acogerlos.

Del lado francés se hacen rondas para ayudar a los temerarios que consiguen cruzar. En la parte italiana, la gente intenta disuadirlos de adentrarse en la montaña y los cooperantes les muestran imágenes de aludes o del joven al que días atrás se le helaron las manos.

Muchos son jóvenes africanos no equipados para la nieve. Llegan calzados con zapatillas deportivas, en ocasiones sin guantes ni gorro, y se pierden en los caminos mal señalados.

«No tenemos nada que perder. Sin trabajo y sin dinero, estamos dispuestos a asumir todos los riesgos para cruzar esta frontera», asegura este joven guineano que prefiere no dar su nombre.

«Demasiado peligroso»

Cyrille Coulibaly, un marfileño de 20 años, acaba de llegar a Italia y no pierde la esperanza. «Me han aconsejado pasar por allí. Todo está previsto. Sólo tengo que conseguir zapatos». Se levantó antes del alba, con temperaturas bajo cero, pero dio media vuelta.

Mohammed Bambore, un burkinabés de 29 años instalado desde hace seis años en Siciai y en espera de renovar su permiso de residencia, se echó atrás: «No quiero ir. Seguramente tendría demasiado frío, es demasiado peligroso».

Para ellos, el tren es la mejor alternativa. Bardonecchia es la última parada italiana de los cuatro trenes de alta velocidad que cubren a diario el trayecto entre Milán y París.

Al caer la noche, los migrantes desanimados por la montaña buscan el momento idóneo para subirse a un tren. Pero en cada tren con destino a Francia suben al menos siete u ocho aduaneros o policías franceses y los agentes de la red de ferrocarriles disuaden a los migrantes.

«El tren está lleno, tome el próximo autobús», afirma uno de ellos a dos guineanos jóvenes haciéndoles señas para que se alejen del andén. Las puertas se cierran y el tren se va… casi vacío.

La mayoría de los que suben a bordo y una parte de los que van a pie acaban en un furgón blanco de la policía fronteriza francesa que patrulla la zona desde las seis de la mañana hasta la medianoche para llevarlos de vuelta a Bardonecchia. La puerta se abre, el migrante sale y al cabo de unos minutos el furgón se va.

En la estación de Bardonecchia, los cooperantes reparten cada noche comida y ropa. Desde diciembre han transformado su sala de socorrismo alpino en un dormitorio común. El local cierra a las 08H00, hora en que los migrantes quedan abandonados a su suerte.

Por Francesco Carvelli