En Libia, los migrantes pasan del infierno del desierto a los peligros del mar

Zawiya (Libia) – Para llegar a las costas libias, María tuvo que pagar «mucho dinero», atravesar tres países y el peligroso desierto libio, en el que vio morir a migrantes. Por fin en una embarcación, su sueño de alcanzar la otra orilla del Mediterráneo duró poco.

Con 24 años y embarazada, salió de Liberia junto a su marido y su hijo de tres años. Para ir a Libia, atravesaron Guinea, Malí y el sur de Argelia, antes de llegar al desierto libio.

«Por el camino, los traficantes nos cobraron más de 2.000 euros», relata. «Pasamos cuatro días en el desierto. En el camión, la gente se moría de sed e insolación», recuerda.

Una vez en Sabratha (a 70 kilómetros al oeste de Trípoli), puerto de partida de la mayoría de las embarcaciones de migrantes clandestinos, se subió a un bote hinchable tras pagar 500 dinares libios (unos 80 euros) por cada miembro de la familia.

La aventura se terminó muy rápido. La embarcación fue interceptada por los guardacostas libios, que los condujeron al centro de retención de Zawiya (a unos 15 kilómetros al este de Sabratha), donde dio a luz.

Ahora está encerrada con su bebé y su hijo junto a una veintena de mujeres y niños. Su marido está detenido en otro lugar cerca de allí, junto a decenas de migrantes hacinados en celdas.

«Muertos de hambre y de sed»

Mussa Uatara, de 29 años, llegó desde Yamusukro, en Costa de Marfil. Para alcanzar el punto de tránsito de Agadez, en el norte de Níger, tuvo que pagar 120.000 francos CFA (unos 183 euros) y luego otros 300.000 (458 euros) para llegar hasta Sabratha junto a otros marfileños.

Para él, la travesía tampoco fue fácil. «Algunos murieron. De hambre y de sed», dice.

Previo pago de 150.000 francos CFA (229 euros) para la travesía del Mediterráneo, su embarcación fue interceptada por los guardacostas libios, y fue llevado al centro de detención de Zawiya.

«Ya no me queda dinero para pagar otra travesía», se lamenta.

Abu Bakr Mansary, un sierraleonés de 23 años, pasó varios meses en Gatrun y Sebha, dos ciudades del desierto libio conocidas por ser lugares de tránsito de la mayoría de migrantes clandestinos de África subsahariana.

Dice que había trabajado para costear la travesía, que para él también terminó mal. El bote hinchable en el que se embarcó junto a decenas de migrantes hizo aguas. Asegura haber aguantado 17 horas antes de ser rescatado por los guardacostas. «Una locura», declara.

«Ya no hay temporadas»

Maruán también fue rescatado de «un naufragio inevitable». Llegado a través de Túnez, este marroquí de 26 años dice haber «visto la muerte» en el mar después de que su embarcación hiciese aguas.

Pero eso no le impide volver a intentarlo. «Nada más salir de aquí, volveré a cruzar el mar para llegar a Europa», asegura.

El responsable del centro de detención, Fathi Al Far, explica que la presencia importante de barcos humanitarios, incluyendo en aguas libias, facilita el trabajo de los traficantes de migrantes y hace que las travesías sean aún más peligrosas. «Las embarcaciones ya no tienen que navegar 24 horas para llegar a la isla de Lampedusa (Italia) como antes», dice.

Según él, dos o tres horas alcanzan para cruzarse con un barco humanitario. Los traficantes se limitan a desembarcar a migrantes en botes hinchables, con menos gastos y en condiciones más peligrosas.

Por esa razón, los migrantes pagan mucho menos por cada travesía, alentando a su vez más partidas.

«Es por ese motivo que ya no hay temporada migratoria y que las salidas desde hace un tiempo también se dan en invierno», señala Far.

Libia dispone de más de una veintena de centros de detención donde se acumulan miles de migrantes en condiciones espantosas. Hay además entre 700.000 y un millón de personas dispuestas a cruzar el Mediterráneo, según la Organización Internacional de Migraciones (OIM).

Por Imed Lamloum