En los Alpes, migrantes y voluntarios son víctimas de los traficantes

Montgenèvre (Francia) – «¡Por aquí! ¡Vengan!». Con los nervios a flor de piel, tiritando en una noche gélida, cinco migrantes africanos tropiezan en la nieve, antes de agarrarse a las manos extendidas de los voluntarios que vinieron a rescatarlos.

Abandonados por traficantes del lado italiano de los Alpes, decidieron cruzar la frontera con Francia a pie, a través de las montañas, a solo decenas de metros del puesto de la policía fronteriza.

Son las 10 de la noche cerca del puerto de montaña de Montgenèvre y sus zapatillas y pantalones vaqueros no les abrigan lo suficiente. Las temperaturas pueden caer a hasta 10 grados bajo cero.

El ambiente es eléctrico: las autoridades restablecieron los controles fronterizos desde finales de 2015. En cualquier momento una patrulla de la PAF puede llegar y poner fin a la última etapa de su largo exilio, lleno de dramas, a través del desierto africano, Libia y el Mediterráneo.

Los miembros de la asociación Todos somos migrantes, que gestiona el centro de acogida en la ciudad más cercana, Briançon (este), están también preocupados. «¿Vinieron con traficantes? ¿Cuánto pagaron?», les pregunta uno de ellos. El ambiente se caldea y las discusiones suben de tono en el pequeño grupo de guineanos, marfileños y malíes.

Elie, una voluntaria de 19 años, se pasó horas buscando a estos jóvenes. «Nací aquí, puedo imaginarme lo que atraviesan estas personas sin equipo de montaña y que no conocen» el lugar. «No podemos quedarnos sentados mirando de lejos lo que pasa (…) No hacemos gran cosa, les damos de comer y de beber y también algo de ropa de abrigo», relata.

El negocio de los traficantes

Pero, desde febrero, un nuevo fenómeno complica las cosas: el negocio cada vez más floreciente de traficantes de personas que operan en la estación de trenes de Turín (Italia). Según testimonios de migrantes, estas personas vienen de África y hablan francés.

A los migrantes que llegan del sur de Italia les hacen pagar de 100 a 350 euros por un billete de tren entre las ciudades de Turín y Oulx y uno de autobús entre Oulx y la localidad italiana de Clavière, a unos kilómetros de la frontera con Francia. Trayectos que en realidad cuestan menos de 10 euros. Les prometen que los llevarán hasta Francia pero los abandonan en Clavière, del lado italiano, incluso a mujeres y niños.

Steeve (nombre modificado), un camerunés de 26 años que se fue a la «aventura» con su hijo de 8, sigue conmocionado. Aceptó dar su testimonio pese a la humillación que siente de que le estafaran 250 euros que ganó «recolectando frutas en Sicilia». «En la estación de Turín, hay muchos hermanos negros, confías en ellos ciegamente, te dicen ‘tenemos amigos del otro lado, un vehículo con matrícula francesa va a venir a buscarte y te llevará hasta París por 300 euros'», declara.

Venden números de teléfono

Pero Steeve, su hijo y otros 20 migrantes fueron abandonados dos días antes en Clavière, sin saber ni dónde estaban. Después de cuatro horas, cuando «ya no sentían sus pies», suplican «al amigo francés» -que en realidad son miembros de asociaciones cuyos números de teléfonos les venden los traficantes- que venga a buscarlos.

Philippe Wyon, uno de los responsables del refugio de Briançon, denuncia esta «instrumentalización intolerable». «Nos ponen en una situación delicada, cuando en realidad nuestra misión es socorrer a las personas en peligro en las montañas, pero no hacer de taxistas para traficantes», critica.

Los voluntarios tomaron la difícil decisión de no responder más al teléfono. Reparten también volantes en la estación de Turín para advertir a los migrantes sobre esta estafa. En 2017, 30 traficantes fueron detenidos, frente a 6 en 2016, según la policía fronteriza.

Una hora más tarde, a las 23h00, en el puerto de montaña de Montgenèvre, otros 20 migrantes avanzan hacia la frontera. Al borde del agotamiento, un joven marfileño logra apenas caminar y dice que ya no siente sus dedos.

«¡Son niños, están congelados, se vienen con nosotros!», zanja una voluntaria de unos 50 años.

Durante los 40 minutos que los separan de Briançon, Abdoul, un adolescente maliense, no deja de temblar. Lleva cuatro noches sin dormir y deambuló en la montaña intentando varias veces cruzar la frontera. ¿»A dónde vamos? ¡Debemos ir a la Cruz Roja!», grita.

Una vez llegan al refugio, los migrantes se sientan alrededor de una mesa. «Es importante que nos digan si pagaron o no. Lo que hacen los traficantes nos pone en peligro y pone en peligro a sus compañeros», les explica un voluntario. Un joven guineano, con los pies en un barreño de agua caliente, termina por admitir que pagó 200 euros.

A medianoche, entre un plato caliente y palabras reconfortantes, la atmósfera se distiende un poco. En el rostro de Abdoul se dibuja incluso una sonrisa. Esa noche, llegarán al centro otra docena de jóvenes exhaustos y perdidos.

Por Lucie Peytermann