Solidaridad con los migrantes que se juegan la vida en los Alpes franceses

Nevache (Francia) – «Pronto encontraremos un muerto». Jean-Gabriel Ravary, guía de alta montaña desde hace 42 años, vive en Nevache, un pueblo en los Altos Alpes franceses, por donde cada vez pasan más migrantes que buscan llegar a Europa, desafiando a la nieve y al frío.

Este paraíso blanco estuvo cortado del mundo en diciembre durante tres días después de que cayera más de un metro de nieve. «Aquí hay muchísimos peligros, suficientes para que haya una tragedia. Peor aún para la gente que no conoce la montaña», suspira Jean-Gabriel.

Este guía mira con recelo hacia el paso de la montaña Echelle, ubicado a 1.762 metros sobre el nivel del mar. Las temperaturas bajan a menudo a unos -20° C, sin contar con el viento que sopla con frecuencia.

En el lado italiano, que toman sobre todo los migrantes africanos «jóvenes y fuertes», hay avalanchas y caídas de piedras. En el lado francés, acecha la hipotermia, sin mencionar el riesgo de perderse. Otros exiliados toman caminos menos arriesgados, pero las patrullas incesantes de la policía los obligan a esconderse permanentemente.

«Este invierno hemos recibido la llegada de unas 10 a 12 personas por día», cuenta Alain Mouchet, que organiza las rondas nocturnas con voluntarios equipados con material de auxilio.

Los profesionales de la montaña organizaron el pasado 17 de diciembre una manifestación en solidaridad con los migrantes en la que reivindicaron su deber de asistir a personas en peligro, al igual que se hace en el mar Mediterráneo.

Aquel día, durante la manifestación, fue hallada una joven guineana descalza en la nieve. Fue rescatada de una zona de avalanchas por un helicóptero de la Gendarmería de Alta Montaña.

‘Ahora están aquí’

Desde su cama en un hospital de Briançon (al este de Francia), Musa, otro migrante, cuenta que comenzó la ascensión por el paso de la montaña Echelle a las 5 de la madrugada. Terminó con partes de su pie izquierdo congeladas.

Etienne, el guía de montaña que lo encontró, le dio la «bienvenida a Francia». «Pero temo haberle mentido», se lamenta. «Vivió un infierno en Libia, en el Mediterráneo, y quizás aquí, en Francia, lo viva también», añade.

La llegada de migrantes, cada vez más numerosos desde el invierno pasado, ha despertado una ola de solidaridad entre algunos residentes, que les han abierto las puertas de sus casas para pasar la noche.

Pierre Mumber forma parte de ellos. «Cuando escuchaba hablar de los naufragios en el Mediterráneo, me parecía todo muy lejano. Pero ahora han llegado hasta aquí. No podemos dormir tranquilos sabiendo que un poco más lejos hay gente en apuros», explica este guía de montaña de 53 años.

Al igual que sus colegas, denuncia la «respuesta asesina» del Estado francés en la frontera. Un medico del hospital de Briançon llama a «las fuerzas del orden a retirarse para no agravar las cosas». «No soy un anarquista (…), pero debemos ser capaces de desobedecer», agrega Max Duez, miembro de una red de médicos creada desde la llegada masiva de migrantes al continente.

Por Sophie Lautier